jueves 24 de noviembre de 2011

Cartas que no valen.

El papel arrugado saltó desde el escritorio al basurero en una trayectoria perfecta. Ella se encontraba sentada frente a su escritorio, los ojos fijos y una pluma en la mano. Tomó una nueva hoja de papel y comenzó a rasgarla con la verde sangre de su pluma. Todo lo que quería era poder escribir esa carta, de la manera más neutral posible. Sin que se notaran (al menos a simple vista) el resentimiento, el desdén y la decepción. Sin embargo, una vez que empezaba a deslizar la pluma por la hoja, todo se volvía rojo, rojos sus ojos, rojo su pelo, rojo su corazón y las ganas locas de incendiar esa carta y con ella, hacer cenizas todos los recuerdos.
Con un grito ahogado atravesó la hoja con una cicatriz verde. La hoja, sin que ella la tocara, volvió a hacerse un bollo arrugado y saltó hacia el basurero en otra perfecta trayectoria.
El silencio ensordecedor se rompió al comenzar el temblor en las ventanas, leve en un principio, luego se movían como si de un terremoto se tratara y sólo era ella con los ojos cerrados, el ceño fruncido y los nudillos blancos de la presión que ejercían sus manos, las uñas le dañaban la palma, pero eso no le importaba.
¡¿Cómo le iba a importar?! Mucho más relevante era la rabia que tenía guardada en su interior y que le pesaba como una piedra y debía cargarla día tras día.
El temblor en las ventanas terminó antes de que estas se reventaran por la fuerza. Gracias a Dios, pensó ella. Su madre la mataría si supiera que sus desmadres emocionales volverían a romper vidrios.
Porque ella tenía una habilidad, un don o, quizás, una maldición. Podía manejar la telequinesis a voluntad, su problema era cuando sus emociones se salían de control. Muchas veces siendo pequeña, teniendo rabietas y llantos, se reventaban los vasos, los libros caían de sus estantes, los vidrios temblaban y las puertas se azotaban. Una vez que adquirió consciencia de ello, decidió ponerle control.
Gracias al Cielo, él nunca lo supo.
Con un chasquido de dedos volvieron a su escritorio los dos borradores anterior que había desechado, los quemaría. No intentaría escribir más esa carta. Realmente no valía la pena. Él no valía la pena.