Juana había entrado azorada y silenciosa en el salón donde la esperaban Felipe, su tío Roberto y su madre, Blanca.
Sus ojos castaños brillaban con ansiedad y determinación, pero permanecían ocultos a su madre bajo un manto de castañas pestañas gruesas. El vestido que llevaba lucía pesado pero ella mantenía la espalda recta, aunque la cabeza la mantenía gacha.
— Estoy esperando, Juana.
La aludida carraspeó y levantó orgullosa su rostro, dejando al descubierto un cuello bonito, largo y delgado. Felipe pensó en cómo se sentiría pasar sus dedos por esa piel y se sonrojó mientras se reprendía por aquellos pensamientos.
— Lo siento, Principe Felipe, por haberle faltado el respeto. Pido su perdón por mi actitud irracional e impropia.
Las palabras de Juana sonaban sinceras y cínicas al mismo tiempo. En todo momento sólo había visto los ojos azules de Felipe, jamás a su madre. Su boca no tenía expresión alguna, se había cerrado en una línea.
— Acepto tus...sinceras disculpas, Juana —respondió algo vacilante, Felipe.
Blanca decidió dar el impasse por terminado y comenzaron a tomar el desayuno.
— ¿Te gusta leer?
— ¿Me ves cara de ser una lectora voraz? ¿Me ves piel de encerrada? —la expresión en el rostro de Juana era cercana a la de una mofa— A mí lo que me gusta es el aire libre, los caballos.
— A mí me gusta cazar.
— Con razón me atrapaste tan fácil anoche —Juana rió y Felipe pensó que la sonrisa cristalina y libre de la Reina era suficiente para desear casarse con ella.
— ¿Eres feliz?
Juana lo miró un poco confundida por la pregunta.
— ¿Te quieres casar? —reformuló la pregunta, Felipe.
Juana siguió caminando unos minutos en silencio, su silueta era aún la de una niña, su mente era más madura, pero su corazón aún no asimilaba lo que sucedería. Paseaban por un camino rodeado de árboles cuyas hojas caían sobre ellos. Más atrás venían Blanca y Roberto, vigilando a los prometidos.
— Si me lo preguntas, he de ser sincera. No quiero—Juana caminó un poco más y observó directamente a Felipe—Pero sé que es mi obligación y, a pesar de que odio a tu corte, iré. Me casaré.
Muchos años después Felipe entendió por qué había sido un alivio escuchar a Juana decir aquello.
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