Sonríes.
Porque sabes que sigues teniendo el control, tal como se dice: Tienes la sartén por el mango.
Y eso te gusta.
Te relames los labios sabiendo que todo marcha como tú quieres que vaya.
¡Oh! Eres tan inocente, eres tan débil. No alcanzan a ver las maquinaciones que tu cerebro y tu orgullo conjuran.
Porque tu orgullo rabía, patalea y ordena. Tu cerebro sólo se limita a seguir el camino lógico y a planear la jugada.
Ambos se divierten. Y cuando el resultado es el esperado, tú también.
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