lunes 9 de noviembre de 2009

Conocidos.

Te ví tres veces pasar.
Una vez te ví en un semáforo, esperabas a cruzar en la esquina de Agustinas con Bandera. Ni idea si ibas o venías, solo tú lo sabías. Cuando nos cruzamos el brillo de tus ojos me sonrió como si fueramos viejos conocidos, aunque yo no sabía nada de tí, ni tú de mí. Te respondí el saludo con el brillo de mi mirada y nos alejamos en direcciones opuestas, como es nuestra costumbre desde entonces.
La segunda vez iba yo distraída caminando por el mall con mis amigas, riendonos de cosas intrascendentes pero, al mismo tiempo, importantes para nuestra vida superficial. Recuerdo que esa vez te pasé a llevar y murmuré "Disculpa" mientras pasabas por mi lado. Tú me respondiste "No te preocupes" y seguiste tu camino, una vez más en direcciones opuestas. Recuerdo, de esta ocasión, que tus ojos estaban tristes y parecías a punto de llorar. Me hubiese gustado ir contigo y decirte que no estás solo, que yo estoy a tu lado pero, somos completos desconocidos y la etiqueta no me permite decirte eso.
La tercera vez, estabamos en Plaza Italia. Yo iba apuradísima corriendo al Metro, después de haberme despedido de alguien a quien no quería ver en mucho tiempo más. Cuando me ubiqué frente a las puertas para entrar en el vagón, tú ibas saliendo. Tus ojos me sonrieron cuando me reconocieron y me diste todo tu apoyo en esa simple mirada. Esa noche, me hiciste feliz.
Y esta vez, la cuarta, ya no te veo pasar. Estás sentado frente a mí con un cigarro entre las manos contándome de tu vida, diciendome lo que pensabas todas las veces que me viste pasar. Extraño es el destino, coincidimos. Tres veces nos vimos antes con la certeza de que nos conocíamos desde tiempos inmemoriales, desde ese tiempo que no tiene memoria y que se encuentra oculto en las arenas del recuerdo.
De seguro, esta no será la última vez que nos veamos.

sábado 31 de octubre de 2009

Había una vez...

...una niña que ya era mujer, o quizás era una mujer que se había quedado estancada en sus recuerdos y sensaciones de niñez.
La verdad era que a ella le importaba muy poco, no tenía consciencia de su edad y sabía que analizarlo era solo por una medida de convencionalidad, no era algo que fuera a cambiar la esencia de lo que era, fuera lo que fuera.
Le gustaba mirar el cielo, mirar como cambiaba el tono de la capa de ozono que nos rodea, sobre todo al atardecer, ver como los colores se oscurecían hasta llegar al negro vacío e infinito de la noche. Aunque en aquella ciudad llena de luces no pudiera apreciarlas, se imaginaba las estrellas que poblaban el vasto cielo y, a veces, hasta podía ver una estrella fugaz imaginaria cruzando su cielo, a la cual ella le pedía un deseo.
Le gustaba sentir el viento mover su cabello, despeinarla, era como un juego entre ella y él. Nunca sabía cuando la iba a atacar y dejarla desorientada con la fuerza de su soplo o cuando sería una caricia cariñosa.
Ella era una niña con sus muchos amigos intangibles, el viento, el mar, el cielo, las estrellas y el sol. Todos le daban lo mejor de sí para colmarla de alegrías y poder disfrutar de la sonrisa sincera e inocente de esta niña-mujer.

sábado 17 de octubre de 2009

El viaje + El encuentro

El viaje.

Felipe se aburría. Y cuando eso sucedía sus ojos vagaban hasta encontrar un punto muerto que nadie más podía ver y se hundía en el silencio de sus propios pensamientos, casi sin pestañear dejando fijos sus ojos azules como cuentas, cosa que realmente asustaba a quienes estaban con él.
Su viaje a Navarra, a pedir formalmente la mano de su prometida, se estaba volviendo demasiado largo y no entendía, del todo, el propósito de viajar tanto cuando su matrimonio era un hecho desde hacía muchos años.
La noticia no lo había tomado por sorpresa. Felipe III, no se sorprendió de la actitud resignada y, hasta cierto punto, indiferente de su hijo. Cuando habló con su hijo sobre su viaje, tampoco obtuvo una negación. Felipe IV era inteligente y sabía que los matrimonios se realizaban a conveniencia de los reinos y, como el correcto hombre que era, estaba de acuerdo con ello.
Sin embargo, Felipe nunca se imaginó lo que le depararía aquella unión.

Al llegar al castillo de los Reyes de Navarra fue recibido por Blanca de Artois, la prima de su padre y fue conducido junto a sus hombres de confianza hacia los salones principales. Felipe, parco en palabras, hizo el recorrido en silencio mientras Blanca hablaba y se ponía al corriente de lo que sucedía en Francia, con Roberto II de Artois, su hermano.
Pasaron por varios pasillos hasta llegar al vasto salón donde una dama de compañía se miraba las manos nerviosa.
-¿Qué ha sucedido?- preguntó Blanca con seriedad y autoridad.
-Mi señora Juana, ella...se ha escapado.
Felipe alzó la ceja y miró al conde de Artois.
-Id por ella, pronto, y manda a otras damas que traigan el mejor vino y los mejores platos para los caballeros.
La criada musitó un "Sí, señora" y salió velozmente del salón.
-Me disculpo, principe Felipe, por la desobediencia y la falta de educación demostrada por la Reina.
-¿Acaso no ha aceptado aún su destino?
-He de suponer que no es una ofensa personal contra usted, principe Felipe, es una treta en mi contra.
Felipe volvió a alzar la ceja y frunció el ceño, le disgustaba la desobediencia.
-¿Eso quiere decir que Juana sacó tu caracter?- preguntó con una sonrisa, distendiendo el ambiente, el conde de Artois.
-Si así hubiese sido, querido hermano, ella estaría aquí. Tal como era su obligación.
Felipe pensó en que Blanca tenía razón, ellos estaban obligados y no podían hacer nada para remediarlo.

El encuentro.

Al anochecer, Juana aún no había aparecido. Mientras Felipe y Roberto eran conducidos a sus habitaciones por dos criadas, una de ellas paró en seco en medio de uno de los patios y le susurró a la otra "Es la Reina".
Roberto y Felipe miraron también, pensando en Blanca de Artois, pero su sorpresa fue grande al ver a una niña, vestida con una capa negra, balanceando el pelo castaño oscuro en dirección a la cocina del palacio.
Felipe, como buen cazador la siguió mientras Roberto daba instrucciones de encontrar a su hermana y avisarle que su hija había sido encontrada. Luego siguió con paso lento la dirección que había tomado el príncipe, Felipe era un excelente cazador, seguro no se demoraría en cazar a la Reina fugitiva.
Felipe observó la figura de Juana, había sido astuta al utilizar una capa negra para no ser vista en la noche. Además, por lo que había podido ver, había salido sin joyas para no llamar la atención. Y el vestido que llevaba era muy simple, tanto que podría haberse confundido con la hija de cualquier mercader lombardo.
Abandonando la cautela que llevaba hasta el momento, Juana desaceleró el paso y caminó con seguridad hacia la puerta de la cocina y, en ese momento, Felipe decidió atacar. Corrió silencioso, refugiado por las sombras y antes de que Juana pudiera alcanzar la luz de las cocinas la agarró del brazo, le tapó la boca con la mano antes de que pudiera gritar y la abrazó por la cintura dejándola de espaldas a él, para evitar que lo viera.
-Reina Juana de Navarra- le susurró en el oído mientras ella forcejeaba para liberarse del agarre- ¿Estaba usted escapando de mí? He esperado todo el día conocerla.
Sintió que el forcejeo era reemplazado por rigidez y pudo sentir el miedo de Juana, en un acto intuitivo dejó caer su mano desde la boca al hombro de la reina.
-¿Felipe?, ¿Felipe de Francia?- escuchó Felipe, en un susurro.
-Me habéis hecho esperar demasiado, Juana- le dijo soltándola de su abrazo y dándola vuelta para enfrentarla- Habéis desobedecido a tu madre y ha sido también una grave ofensa hacia mí, como tu futuro esposo.
Acercándola a la luz, Felipe pudo ver el semblante culpable de Juana y su evidente malestar y arrepentimiento.
-Yo...lo lamento mucho, príncipe Felipe- dijo haciendo una reverencia- no era mi intención ofenderle a usted. Yo...solo quería…
-¡Juana de Navarra!
Blanca de Artois había llegado furiosa, Con una disculpa rápida y una reverencia se llevó a Juana antes de que pudiera terminar lo que decía a Felipe.
Roberto, que también había llegado, se acercó a Felipe y la expresión de este se lo dijo todo. Juana, de una curiosa manera, se había ganado el interés de Felipe.





¡Dos por uno!
Como hay que celebrar esta entrada, la número 100 del blog, he decidido postear dos historias que son la continuación de "La Noticia Inesperada", perteneciente a mi serie de Los Reyes Malditos.
Por cierto, "La Noticia Inesperada" está editada, habían ciertos errores de carácter histórico que wikipedia me ayudó a corregir.
¡Felices 100 entradas!

domingo 11 de octubre de 2009

La noticia inesperada.

Los portazos que se sintieron en la torre alertaron a las damas de compañía de no acercarse a la Reina.
Juana de Navarra, tirada en la cama, masticaba la rabia contra sus padres. No lo podía creer, ella que había decidido mantenerse alejada, lo más posible, del matrimonio estaba comprometida, a sus escasos años, con el principe Felipe de Francia.
Ella no quería ser Reina —aunque sabía que era su obligación, después de todo era Reina de Navarra, aún cuando su madre regentaba por ella— y menos, de Francia. Antes de poner un pie en esa corte, prefería morir. Sin embargo, tenía tan pocas opciones de escapatoria...y Dios condenaba el atentar contra la vida propia.
Su madre, Blanca de Artois, le había hablado de las riquezas del reino francés, del buen clima, la buena comida, los hermosos palacios, de la cercanía de Francia con Navarra y, por supuesto, de la belleza del principe Felipe. Pero a ella no le importaba nada de eso, ni siquiera la belleza del principe (algo difícil de encontrar en las cortes europeas), maldijo su destino al haber nacido reina.
Blanca sabía que debía dejarla sola, no era fácil para una niña de 11 años aceptar esa noticia. Juana podría maldecir todo lo que quisiera pero, en el fondo, sabía que era su única opción, su destino y debía obedecer porque era princesa y se debía a su pueblo y a la familia real.
Tres días, con llantos, accesos de fiebre y huelga de hambre, fueron suficientes para que, finalmente, Juana, sumisa y silenciosa, aceptara el destino que se acercaba a ella a pasos agigantados en la forma de un muchacho de 16 años, que venía rodeado por piquetes de soldados que custodiaban su viaje hasta el Reino de Navarra.
Juana de Navarra no podía ni imaginarse que en aproximadamente una semana su vida daría el giro que sellaría su destino.



Una pequeña historia que imaginé después de leer "Los Reyes Malditos: El Rey de Hierro", seguro que después sigue, porque en el maravilloso libro de Maurice Druon, se cuenta que desde que Felipe IV había enviudado de Juana de Navarra, no había deseado a otra mujer. Eso me dio el pie para jugar con esta pareja histórica.

domingo 20 de septiembre de 2009

Carrera.

Se tiró al suelo y miró el inalcanzable cielo azul. La humedad del pasto se colaba por su polera refrescando su espalda mojada por el sudor de la carrera.
Colocó sus manos tras su cabeza e inhaló y exhaló profundamente durante un buen rato, tratando de recuperar el aliento.
Con la música resonando en sus oídos siguió el movimiento de las ramas de los árboles que bailaban al compás de la brisa de Septiembre.
En el cielo azul vio alzarse un volantín, con el diseño de una bandera chilena y ¡oh! que coincidencia, ella escucha música chilena en ese minuto.
Sintió como la brisa revolvía su pelo y pensó en quedarse todo el día ahí, sin pensar, solo disfrutando el mar de sensaciones que corría por su espina dorsal. Las cosquillas que provocaba el pasto en sus piernas, el sonido de la música que marcaba pautas en su cerebro, la brisa que acariciaba su rostro, cuello y brazos, y la mirada perdida en al azul y en aquel volantín que volaba con plena libertad. Así como se sentía ella cada vez que corría.
Respiró unos segundos más de quietud y se levantó para seguir con su carrera diaria, no podía desaprovechar esos minutos, era su momento de libertad, para correr a través de la vida tal como el volantín corría a través del cielo.

jueves 3 de septiembre de 2009

Sin título

Se dio un momento de descanso, mientras los grissinis terminaban su proceso en el horno. La casa entera olía a aceite de oliva y especias.
Se sirvió un cappuccino de Nescafé y se sentó un momento a disfrutar del silencio, quebrado levemente por el ir y venir de su hermana en su habitación y la televisión encendida en el primer piso.
Suspiró profundamente.
No tenía ningún pensamiento en específico en su cabeza pero, como un flash, llegó esa revelación a su cerebro.
Quería amar y ser amada. ¿Acaso era mucho pedir?

sábado 29 de agosto de 2009

Amigas.

—Me piqué.
—¿Por qué?
—Porque no me hablan.
—Después de que no querías hablarles...¿y ahora reclamas?.
—Sí, porque, por último, deberían hablarme para saber como estoy. Siempre las busco yo, mínimo una vez que sean ellas.
—Ah...¿Es muy importante eso?
—En volah, sí pero, no estoy muy segura. Igual ha sido tiempo y han sido historias.
—Sí, igual se entiende.
—Filo, otro día les hablo.
—¿Las buscarás igual?
—Puta...tengo que saber si vale la pena.